Lo hice mal de nuevo. Sabía que fallaría desde el momento en que empecé a hacerlo. Horas malgastadas, años de estudios perdidos, dinero no reembolsable, se iban directo al tacho de basura que se encontraba cerca de mi escritorio. El día entero lo había dedicado a realizar aquel estúpido trabajo, por orden del jefe de redacción de aquel diario ecuatoriano “CRONÓMETRO”, que vivía jactándose por ser el número uno del país en ventas y en calidad. ¿A qué dueño de periódico alguno le interesa la calidad? Lo único que ven sus ojos es el dinero, y extrañamente este diario no había necesitado de la crónica roja para obtenerlo. Sí, trabajo en el diario más prestigioso del país, tengo la terrible fortuna de hacerlo. Muchos me admiraban por ese simple hecho, bastó que lean mis primeros artículos para que dejen de hacerlo. Yo los admiro a ellos por algún día haberme admirado.
Durante el año y medio de editorialista de ese diario –situado cerca del cielo, en la zona céntrica de la ciudad más comercial del Ecuador- he recibido temas, por parte de mi jefe, de diferentes tipos. Me he reído en su cara con los impensables temas que quería, nose cómo- los transformase en artículos de los días miércoles. Aquellos años, que se acentuaban especialmente en los ojos y cuello de mi jefe, contrarrestaban con mi juventud que de brillante ya le quedaba poco. Aquella extraña mezcla: juventud + vejez era fatal, esa era solo una más de las decenas de excusas que inventaba a diario por no lograr escribir nada interesante o importante, o que se yo, por lo menos algo bueno. Había perdido la admiración de mis compañeros de trabajo, universidad, escuela, colegio, de mi familia e incluso de la señora que por años se había encargado de la limpieza en mi casa. Recuerdo el momento en que entré a trabajar en el “CRONÓMETRO”. Aquel día, aquella señora me dijo que sería mi fan #1. Leyó exactamente tres artículos míos, y nunca más lo volvió a hacer. No la critico, de hecho la mayoría de los lectores del diario ven mi nombre al comienzo de mis artículos y no se toman la molestia de siquiera leer la primera frase. No todos, por supuesto. También están aquellos que leen lo que escribo, porque hay que leer todo, lo bueno y lo MALO. Tuve que cerrar mi correo electrónico. De diez correos que llegaban, nueve eran críticas destructivas sobre mis artículos, el uno restante formaba parte de las típicas promociones que se ofertan por Internet. En el diario tenían datos exactos de que los días miércoles –día en el que se publica mi artículo semanal- se registraban ventas excesivamente bajas. La culpa directa recaía en mí. Estaba prácticamente fuera del diario.
Mi juventud fue totalmente diferente a mi vida laboral: abanderado de mi colegio, el mejor escritor de toda la secundaria, ganador en un sin fin de categorías con lo que escribía, el mejor del club de periodismo de mi institución. Todo cambió cuando entré a trabajar en el “CRONÓMETRO”.
Seguía en mi escritorio. Nunca supe cuando oscureció, pero era ya de noche y no había logrado traducir aquel jocoso tema que me había mandado “el barbudo” (mi jefe): “Las bacterias que se filtran durante los besos”. No puede ser posible, había recibido temas muy controversiales y tontos. Pero ninguno como ese. Me preguntaba, ¿Quién podría pensar en las bacterias que se transmiten cuando estás dando un beso? ¿A quién le interesaría saber la cantidad de bacterias que estás receptando durante esa acción? Como siempre, no podía negarme. Ni siquiera podía sugerir temas. El asunto podría haber resultado bueno para la sección de bromas, pero no para la de artículos.
Había investigado mucho al respecto, saqué algunas conclusiones. Me sentí orgulloso cuando escribí la primera palabra del artículo que solo se le ocurriría a mi jefe.
Meses después me enteré de que aquel artículo estaba nominado en los premios SIP, en la categoría “servicio a la comunidad”. Reí. No le agradecí a mi jefe. Seguía pensando que aquel tema era estúpido. Mantuve mi puesto, me triplicaron el sueldo. Mucha gente me admiró de nuevo. Deje de admirar a los que retomaron su admiración en mí. Reanudé mi e-mail. Recuperé la confianza de la señora de mi casa.
viernes, 28 de marzo de 2008
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3 comentarios:
Hola, vi tu blog, escribes muy chévere yo estudio comunicación y también me gusta el periodismo.
Me gustaría hablar contigo, si quieres agregame a msn:
anamaria.0714@hotmail.com
a veces las cosas mas estupidas para uno, no lo son para el resto..
como lo es para tu jefe.. el punto es que por algo esta donde esta !
Y respecto a la falta de ideas, siempre vuelven..solo que se demora un poco..!
exito :)
me caiste bien..
besos desde Chile!
En realidad Ximena no es "como lo es para mi jefe" sino para el jefe del personaje principal de mi cuento jajaja
Pero sí: existe diversidad de gente y con ello diversos tipos de pensamiento, lo bueno para una persona puede ser malo para otra.
Eso es lo que quería resaltar en este cuento.
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